4/14/2009

Subir al Everest para curar pacientes en la UCI


Con 8.848 metros de altitud sobre el nivel del mar, el Everest es el techo del mundo. Hasta muy cerca de esta cumbre subió en 2007 el grupo de 200 médicos, científicos y montañeros integrantes de la expedición Caudwell Xtreme Everest para realizar un experimento casi tan sorprendente como sus resultados: medir en miembros del equipo los niveles más bajos de oxígeno en sangre registrados nunca para estudiar cómo se adapta el organismo humano a la falta de ese fluido vital.

El análisis de más de 10.000 muestras podría conducir a nuevas terapias

El estudio será útil en personas con enfisema, choque séptico y cianosis
Los hallazgos de la expedición acaban de ser publicados en The New England Journal of Medicine y se espera que puedan servir para revisar los tratamientos que se administran a enfermos con problemas de falta de oxígeno internados en unidades de cuidados intensivos (UCI), según Mike Grocott, director médico de la expedición.

El objetivo de los investigadores era llegar a la cumbre, pero las malas condiciones meteorológicas obligaron a tomar las muestras a 8.400 metros de altitud y realizar otras pruebas en el campamento base, a 6.400 metros. Los resultados muestran que los montañeros habían sido capaces de estar completamente operativos con 3,28 kilopascales de oxígeno en sangre de media, y que el nivel más bajo registrado fue de 2,55. Con estos niveles, una persona situada a nivel del mar estaría al borde de la muerte, pues lo normal son 12-14 kilopascales y se considera que un paciente con 8 ya se encuentra en estado crítico.

"Los resultados nos dan una idea de los niveles de falta de oxígeno que una persona puede tolerar", afirma Grocott, investigador del University College London. Esto podría tener efectos en las UCI porque muchos de los tratamientos que se aplican y que suelen ser muy agresivos están destinados a restablecer los niveles de oxígeno en sangre, cuando podría ocurrir que el cuerpo mismo fuera capaz de adaptarse a estos.

Estas cuestiones no pueden investigarse normalmente en las UCI, debido a la fragilidad de los pacientes y la dificultad de obtener su consentimiento en personas inconscientes. Pero también porque muchas veces las causas de la carencia de oxígeno en sangre son diversas y se mezclan con otros procesos que dificultan estudiar la falta de oxígeno o hipoxia por separado.

"Las situaciones de hipoxia desatan una serie de mecanismos de adaptación que no entendemos bien todavía. Al observar a individuos sanos a una gran altitud donde el oxígeno es escaso podemos entender los cambios fisiológicos que podrían ayudar a mejorar los cuidados intensivos en los hospitales, porque los bajos niveles de oxígeno son un problema universal en pacientes en estado crítico. Esto podría llevar a los médicos a reconsiderar su tratamiento, porque podría ser que en pacientes que han estado enfermos durante algún tiempo se haya producido una adaptación natural a estos niveles de oxígeno. De todas formas, nuestra investigación necesita ser estudiada cuidadosamente y confirmada por futuros trabajos antes de poder trasladarse a la práctica clínica", concluye Grocott.

En el mismo sentido se manifiesta Andrew Tomlison, miembro del Royal College of Anaesthetists del Reino Unido: "Hay que tener en cuenta que estamos hablando de individuos sanos, jóvenes, extremadamente en forma, bien aclimatados a la altitud, y que en las UCI se trata con pacientes que son normalmente mayores o que, en cualquier caso, no se encuentran en su mejor forma física. Hay diferencias y habrá que estudiarlo con detenimiento antes de llevarlo a la práctica".

Pero los resultados no dejan de ser sorprendentes. "Es increíble pensar que los seres humanos pueden funcionar con esos niveles de oxígeno en sangre. Estos resultados vienen a mostrar los maravillosos mecanismos de adaptación con los que cuenta el cuerpo humano, y podrían sentar las bases para una revisión más cuidadosa del tratamiento que se da a los pacientes en cuidados intensivos", añade Tomlison.

La expedición ha recogido datos de más de 4.000 días de exposición a la altitud, 2.000 pruebas y 10.000 muestras de sangre, es decir, más de un cuarto de millón de datos que esperan ser analizados y que probablemente servirán para establecer las causas fisiológicas de la hipoxia progresiva, los nuevos mecanismos que podrían crearse para tratarla y, finalmente, dar el salto a nuevos tratamientos que puedan aportar beneficios a los pacientes que la sufren.

Con el tiempo, los hallazgos de esta investigación podrían conducir a mejoras en el tratamiento de pacientes con síndrome de distrés respiratorio agudo (SDRA), fibrosis quística, enfisema, choque séptico, cianosis en recién nacidos (síndrome del bebé azul) y algunas otras enfermedades críticas.º


La ruta de la hipoxia

La hipoxia o falta de oxígeno es un problema crítico frecuente en personas con enfermedades cardiovasculares y pulmonares, así como en muchos de los pacientes ingresados en unidades de cuidados intensivos (UCI). La falta de oxígeno de forma repentina puede causar la muerte, aunque muchos de los pacientes que están en la UCI sufren una lenta y continuada pérdida de oxígeno, que también puede ser fatal si no se toma ninguna medida.

El oxígeno ha de ser transportado desde el aire a cada una de las células del cuerpo a través de una ruta que incluye elementos como el corazón, los pulmones, el sistema circulatorio (venas y arterias) y los propios glóbulos rojos (las células transportadoras de oxígeno). Cualquier disfunción en alguna parte de esta ruta puede tener como consecuencia una reducción de la cantidad de oxígeno que reciben los tejidos y células, especialmente el cerebro, que es el órgano más sensible a la falta de oxígeno.

Sin tratamiento, la hipoxia puede causar el debilitamiento y la posterior muerte de los pacientes. Por ello, una de las primeras líneas de acción es administrar oxígeno mediante mascarilla con la esperanza de incrementar la cantidad que llega a los tejidos. Sin embargo, a veces esta medida resulta poco efectiva y se requieren tratamientos más drásticos. En algunos casos, los tratamientos más extremos pueden llegar a ser contraproducentes y causar daños colaterales en órganos vitales, como los pulmones.