4/25/2012

Vademécum de higiene mental del ejército español republicano.

Vademécum de higiene mental del ejército español republicano. El folleto que vamos a presentar se hizo para ser dado a todos los soldados letrados de nuestro ejército. En cada unidad militar debía ser discutido en varias sesiones. Todos los hombres, cualesquiera que fuera su situación, eran estimulados por los oficiales de moral (comisarios políticos) médicos militares y psiquiatras, a hacer su comentario acerca de él y a decir algo de su propia cosecha. No nos asustaba que tales discusiones invadieran los campos de la filosofía, la política, la religión, la ética. o la sociología. Siempre he creído que cada hombre, por estúpido que parezca ser, tiene sus propias ideas acerca de estos tópicos y que toda su conducta, en paz o en guerra, se ajusta a ellas. De donde el no hablar de tales cuestiones es tan inefectivo como querer ignorar el problema sexual al tratar con adolescentes; todos sabrán encontrar el modo de discutirlas a espaldas de aquellos cuya obligación era guiarlos. Desgraciadamente, a pesar de todos los esfuerzos, tales discusiones no pudieron ser mantenidas en muchos sectores del frente; pero en aquellos en que fueron posibles, resultó fácil comprobar sus beneficios: se obtuvieron valiosas sugestiones para mejorar la eficiencia y el bienestar del ejército, se elevó su temple moral y se registró una disminución de las reacciones mentales anormales. Naturalmente, no pretendo que el texto del folleto que voy a transcribir, pueda ser generalizado y aplicado a cualquier ejército. Cada nación ha de enfrentar sus peculiares problemas de Higiene Mental y, de otra parte, tiene sus propios rasgos psicológicos y sus necesidades, que justifican la redacción de un texto exclusivo para ella. Creo, no obstante, que a través de tales diferencias se debe seguir una línea general y por ello mi folleto puede, cuando menos, servir para inspirar otros textos, más o meros semejantes. Tres secciones lo componen: en la primera se centra la atención en la importancia de la higiene mental; en la segunda se discuten algunos de los problemas más importantes de la vida militar; en la tercera se intenta dar a cada hombre una sólida base ética de conducta, aplicable no sólo a las condiciones de guerra sino de paz, cualesquiera sea su posición económica y cultural. Como ya indicamos, el folleto era leído a los combatientes y luego, en reuniones especiales era discutido, por grupos de 20 a 30 hombres. Estos comentaban con el higienista párrafo por párrafo y si no se atrevían a hacer las objeciones verbalmente podían presentarlas por escrito, incluso en forma anónima, para ser discutidas. El texto del folleto era el siguiente: Miliciano: como soldado del Ejército Popular que te aprestas a verter tu sangre y a dar, si hace falta, tu vida en defensa de los más puros valores espirituales; como camarada, cuyo trabajo y esfuerzo, contribuirán a formar un mundo mejor, más libre y generoso: ¡Escucha! Descansa por un momento de la batalla y atiende, en estas páginas, a las voces de quienes, incapaces por su edad de luchar a tu lado con el fusil, intentan ayudarte a conseguir la victoria dándote algunos consejos, destilados del odre de su experiencia científica y personal. Algunas de esas máximas son eternas y pueden servirte no sólo para ahora, sino siempre, como guía. Por tu propio bien y por el de todos, no las olvides! ¿De qué sirve tener un cuerpo sano y todas las riquezas imaginables si su poseedor es incapaz de usar aquél y éstas más allá de la satisfacción de sus más primitivos instintos animales, por tener una mente débil, enfermiza o deformada? ¿De qué sirve soñar con bellos horizontes e ideales si falta el ánimo o la técnica para conquistarlos? Solamente la salud mental nos permite orientarnos y conseguir la realización de nuestro sino en la vida. Una mente sana se caracteriza por su serenidad y equilibrio, incluso ante las más difíciles situaciones, por su lealtad, comprensión y simpatía hacia aquellos con quienes convive en comunidad de ideales. Del propio modo como hemos de seguir las reglas de la higiene física para conseguir la salud corporal, así también debemos seguir las de la higiene mental para obtener y conservar nuestra salud espiritual. La más sencilla máquina, por bien construida que esté, puede estropearse si no es usada correctamente. Análogamente, nuestro espíritu puede agotarse si no observamos las reglas de la higiene mental que lo preservarán de los efectos desastrosos de la insatisfacción, la duda o el remordimiento. Tristezas, decepciones, resentimientos y pasiones mal reprimidas, pueden afectar más la vida individual que una neumonía o una tifoidea, e incluso pueden llevar su víctima al suicidio. La primera regla a observar en el frente de batalla es la de aislar y denunciar a quien, por mala voluntad o natural pesimismo, trate de desmoralizar, difundiendo noticias deprimentes o desagradables. Tales noticias, ciertas o falsas, se transmiten en el frente con más rapidez que una infección y son también de peores efectos. Quienes están en peligro de muerte, viven en gran tensión emotiva y por ello, tienen aumentada la sugestibilidad. Entonces, es fácil que acepten la falsa fórmula de que han de conservar su vida para luchar mejor y por ello deben huir del peligro; o bien, se dicen que "el sacrificio individual sería estéril, pues no evitaría la derrota", etc. El mecanismo subyacente a este tipo de pensamiento está impulsado por el instinto de conservación, el cual sugiere a la conciencia: "¡Escapa!". Esta responde: "Debo permanecer en mi puesto". La imaginación se alza con el miedo y sugiere: "Los demás ya empiezan a huir" y, finalmente la conciencia, ya vencida, pero tratando de autojustificarse, murmura, mientras permite la huida : "Sería absurdo resistir si mis compañeros me dejan". Esta última afirmación es, evidentemente, siempre falsa, pues incluso si parece cierta, la . verdad es que la propia vida se defiende mejor dando la cara que la espalda al enemigo: las estadísticas demuestran que mueren 5 veces más quienes huyen que quienes se defienden. Además, la huída es un pésimo ejemplo, mientras que el sacrificio heroico, incluso cuando parece ignorado y estéril, llega siempre a tener un altísimo valor inspirador. Miles de casos podrían mencionarse en los que uno de tales sacrificios, aparentemente ignorado, cambió por completo el curso de una importante acción militar. Por ello el soldado derrotista es más peligroso que las balas enemigas y debe ser denunciado y aislado públicamente. La segunda regla esencial es la de mantenerse intensamente "soldado" al grupo militar correspondiente y obedecer las órdenes, aun cuando no se comprendan o justifiquen. Desde el momento de su incorporación, el soldado debe comprender que la iniciativa individual, la desobediencia y la falta de disciplina, comprometen la eficiencia de las fuerzas colectivas cuya suerte, en definitiva, es la suya. Además, pues, de exponerse a un castigo, el miliciano que desobedece o descuida el cumplimiento de una orden, es tan dañino como quien deserta de la línea de combate; al separarse espiritualmente de su cuerpo de ejército, se expone a morir, igual que un dedo amputado. Si deseas superar las dificultades de la lucha y cumplir tu misión en la misma, recuerda que no solamente luchamos para defender un régimen político o ciertas ventajas sociales sino para el futuro de toda la humanidad. De nuestras victorias o derrotas depende un nuevo mundo basado en la Justicia, la Libertad y el Amor, en el que todos tengan las mismas oportunidades de triunfo y de goce. Eres, pues, más que un gigante, eres un pequeño creador y de tus manos puede emerger una parte de esa fecunda victoria. Sé consciente de la importancia de tu esfuerzo. Concéntrate en él y dedícale toda su energía. ¡No luches ahora para vivir si no vive para luchar! Dentro de poco, gracias a ti y a tus camaradas, habrán desaparecido de la Historia, las guerras de invasión y los habitantes del mundo se organizarán de suerte que asegurarán la paz en la tierra, de un modo definitivo, para todos los hombres. Por eso es necesario que combatas ahora con toda tu energía; cuanto más desees y anheles una vida reposada y feliz, tanto más enérgicamente has de luchar ahora para conquistarla. Cada hora que se prolonga la guerra ocasiona nuevas víctimas entre los tuyos; tú puedes ahorrarlas indirectamente si aumentas tu valor combativo. Para ello no te prodigues en diversiones excitantes ni en abusos nocturnos, alcohólicos o sexuales. Trata de descansar cuanto puedas en tus horas de recreo. Si te sientes exhausto, deprimido o vacilante; si envidias a tus camaradas porque sufren menos las durezas de la lucha o las soportan mejor, recuerda que el deber de cada: cual no es compararse con los demás sino consigo mismo! Trata de valer cada día más que el anterior, lucha contra tu egoísmo, supera tu miedo, procura ser mejor hoy que ayer y mañana que hoy; ése es tu deber. En la medida que sepas cumplirlo podrás sentirte feliz, aun en medio de las mayores calamidades. Cuando no puedas controlar tus emociones o pasiones, si no puedes resolver solo tus conflictos o si te crees incapaz de cumplir bien con tus deberes, consulta sin vacilar al médico de tu batallón y exponle tus cuitas. El te ayudará y si lo cree necesario te enviará a un especialista. No te avergüences de confesarle tus temores o tus bajezas; confiésale tu intimidad y muéstrale el fondo de tus pensamientos con igual tranquilidad que le enseñarías un grano. Recuerda-que por su honor ha jurado guardar secreto de tus confidencias. Ante todo, no trates de darte ánimo bebiendo en exceso o tomando tóxicos (café, tabaco). Si lo haces así, aunque al principio te parezca mejorar, irás de mal en peor. Ahora lee y medita las siguientes máximas. Ellas te servirán para obtener tu más valioso objetivo: Ser nada más ni nada menos que todo un Hombre, es decir, 'una persona libre, serena, razonable, honesta, activa y magnánima. Es mejor morir de pie que vivir de rodillas. Tu peor enemigo eres tú mismo. Obsérvate y analízate. Nunca trates de justificarte aparentemente; apela al juicio severo de tu propia conciencia. Recuerda que quien más grita acostumbra a ser quien menos vale. Dime de qué presumes y te diré de qué careces. El supremo bien es la justificada satisfacción de ti mismo. No juzgues una acción sin conocer sus motivos. El valor de un hombre se mide por el número de personas que comprende y respeta. No encargues a los demás lo que puedas hacer tú mismo. No intentes mandar si no sabes obedecer. La palabra es plata; el silencio es oro. No vivas en el pasado sino en el futuro, pues el hombre es lo que llega a ser. Triunfar es bueno, perdonar es mejor. Un buen libro vale más que un mediocre compañero. Protege al débil y respeta todas las opiniones sinceras; lucha sin tregua contra la hipocresía y la mentira, incluso si te alaban. Trata de hacer de cada una de tus acciones un modelo de conducta universal. Sigue la máxima de uno para todos antes de la de todos para uno. Además del precedente folleto, pieza esencial de la campaña, se elaboraron diferentes cuestionarios para ser llenados por los combatientes que hubiesen de ser retirados de la línea de fuego. Es sabido que todas las bajas de guerra desmoralizan o deprimen, puesto que demuestran los peligros del combate. Por ello es importante no exhibirlas demasiado, así como cuidar de su reanimación. Uno de tales cuestionarios hacía preguntas referentes a : a) cómo ocurrió el trauma; b) cuál fue su reacción personal; c) cuáles son sus preocupaciones actuales; d) qué piensa hacer en el futuro inmediato y mediato; e) cómo cree que se desarrollarán los sucesos; f) qué lecciones ha derivado de lo ocurrido y qué consejos podría dar a sus camaradas para evitarles igual suerte. No esperábamos sinceridad en las respuestas, pero sí queríamos obtener un medio de explorar impersonalmente a su autor. Con el mismo fin se dispuso la colocación de buzones de reclamación en diversos lugares (hospitales, cuarteles, etc.); se pedía que las reclamaciones o quejas fuesen firmadas y tuviesen la identificación de su autor; el número de las anónimas podría ser considerado como un índice de moral, pero la práctica demostró que esta técnica, no era eficiente. Atención especial se dedicó a los infractores del código militar, radicados en batallones disciplinarios. El examen psiquiátrico demostró que muchos de ellos eran retrasados mentales o psicópatas; consiguientemente se emprendió su reajuste, de acuerdo con las normas psicoterápicas, para evitar ulteriores inconvenientes.