4/21/2011

Los clavos y la ira



Había una vez en un pueblo lejano un joven que se enfadaba muchísimo por cosas insignificantes.

Su padre, viendo que sus enfados no le levan a ningún sitio, le dio un saco con clavos y le pidió que cada vez que se enfade por algo, clavar un clavo en un poste de madera.

El primer día el joven clavó una docena de clavos. Empezó a aprender a controlar su ira y cada día necesitaba menos clavos. Entonces se dio cuenta que era más fácil controlar su ira que clavar clavos en el poste.

Hasta que llegó un día que supo controlar del todo su ira y no necesitó más clavos. Se lo explicó a su padre y el hombre le ordenó al joven que cada día que sepa controlar su ira, pueda sacar un clavo del poste.

Pasó un tiempo y el joven le dijo a su padre que no quedan más clavos en el poste.

Entonces el hombre pidió a su hijo que le acompañara a ver el poste y le dijo al joven:
• “Has hecho un buen trabajo, pero ¿te das cuenta cuantos agujeros hay en la madera? Este poste no volverá a ser como antes…
• Cuando uno no sabe controlar su ira, hace daño a los que le rodean y deja huellas en sus corazones igual como los clavos dejaron agujeros en esta madera. Y da igual cuantas veces uno ha pedido perdón después, la cicatriz se queda para siempre”.