11/25/2010

En ocasiones, tenemos prisa


En ocasiones, tenemos prisa. Nadie me va dar un premio por haber escrito esa frase. En el mundo acelerado en el que nos ha tocado vivir, mucha gente incluso añadiría ¿y cuándo no tenemos prisa?.

Pero no, me refiero a que hay ocasiones particulares en las que verdaderamente tenemos prisa. Ocasiones en que cada tic del reloj nos equivale a un turno en la ruleta rusa: cualquiera puede ser el último. Y como somos animales racionales, no podemos evitar que cada disparo en vacío del reloj nos obligue a avanzar un paso más por la calle de la amargura.

No hace falta ser un lince para darse cuenta que el estado de ansiedad causado por la prisa extrema no es el idóneo para realizar una actividad compleja y exigente como es la conducción. Podríamos recurrir a tópicos como «más vale llegar tarde que no llegar muerto», o algo del estilo «no vale la pena jugarse la vida por unos segundos».

A mi esta segunda reflexión siempre me ha suscitado cierta curiosidad. «no vale la pena jugarse la vida por unos segundos». ¿Hay algo por lo que valga la pena jugarse la vida?

En definitiva, vivir a menudo conlleva sopesar riesgos. Por ejemplo, de pequeños aprendemos (de nuestros padres,... o a las malas) que coger un cuchillo por el filo conlleva un alto riesgo de hacernos daño. Por lo general, consideramos que dicho peligro es inaceptable, por lo que elegimos la opción segura de utilizar el mango.

A menudo, la aceptabilidad de un riesgo depende de la recompensa que obtengamos a cambio. Por ejemplo, yo que siempre he sido un escalador bastante patoso, considero que el riesgo de encaramarme a un árbol conlleva un inaceptable riesgo de hacer el ridículo. Pero si mi gatita quedara encallada en la copa de un gran pino no dudaría en desafiar la ley de la gravedad.

En circulación, podemos aplicar el mismo razonamiento. Por supuesto, todos sabemos que subirse a un vehículo entraña un riesgo, como cualquier actividad humana. La seguridad total, por desgracia, no existe. Pero no es menos cierto que la no observación de las normas de prudencia y responsabilidad básicas incrementa en muchos enteros la probabilidad de provocar un siniestro.

Sobre todo, si tenemos en cuenta que a ganancia real en tiempo obtenida con la mayoría de imprudencias es, en realidad, bastante pequeña. Por ejemplo, yendo a 130km/h en vez de a 120km/h, tan sólo ahorramos 23s cada 10km. Sin embargo, la mayoría de semáforos tienen un ciclo mucho más largo, por lo que nos tendremos que parar en el mismo sitio, y salir al mismo tiempo que al vehículo legal que hayamos podido adelantar. ¿De verdad valía la pena?

Yo, en ocasiones le doy la vuelta al argumento. Me pregunto «¿qué debería estar ocurriendo para que, de verdad, me valiera la pena correr ese tipo de riesgos en la carretera?». A estas horas, mi somnolienta mente es capaz de pensar en dos escenarios de extrema urgencia.

Pienso, en primer lugar, en el hipotético amor de mi vida. Por ejemplo una muchacha morena, de preciosos y vivaces ojos marrones, con su simpático portafolios rojo. Pero, hipotéticamente, algo terrible le ha pasado. Se debate entre la vida y la muerte en el asiento trasero de mi berlina. Llamo al hospital, pero no hay ambulancias. Sin embargo, preparan el quirófano y creen que la podrán salvar… siempre que llegue antes de que se desangre por completo. Al ritmo actual, no debe faltar mucho.

El segundo escenario, no menos peliculero, es una variación del típico dilema del botón rojo. Supongamos que el planeta Tierra va a ser destruido, a no ser que alguien pulse un botón rojo (o introduzca unas cifras en una terminal, que para el caso es lo mismo) antes de que termine una cuenta atrás. Por desgracia, la persona que se iba a encargar de salvar el planeta ha muerto de aburrimiento, y sólo yo soy consciente del incipiente Armagedón. Para más inri, me encuentro a varios kilómetros y tengo que conducir hasta el botón rojo tan rápido como sea posible.

En ambos casos la cuenta atrás sería apremiante. El tiempo disponible es notablemente inferior al que se tardaría en llegar según el desarrollo normal de la circulación.

Ojalá nunca me vea en situaciones como las relatadas Pero si se diera el caso, tengo por seguro que no vacilaría lo más mínimo en dar todo lo que hubiera en mi para llegar a tiempo. Ni límites de velocidad, ni señales de prioridad, ni semáforos… nada de nada.

Por supuesto, eso incrementaría mucho la probabilidad de sufrir un accidente que me impidiera llegar. Sin embargo, dadas estas extremas e hipotéticas circunstancias valdría la pena. Llegar tarde sería exactamente igual a no llegar. En ambos casos, las consecuencias de no llegar significarían el final de mi mundo, ya sea metafórica o literalmente.

Pero tranquilos. Todo esto no son más que imaginaciones, situaciones irreales propuestas con la intención de plantear un dilema moral (y, no creáis, siento un alivio al recordarme a mi mismo que no son más que fantasías).

Sin embargo, si uno se sienta en un banco y observa el tráfico que, día a día, segundo a segundo, surca los océanos de asfalto que inundan el mundo moderno casi llegaría a pensar que hay más novias desangrándose y botones rojos a punto de estallar de lo que suponíamos. ¿De verdad tenemos tanta prisa?