3/13/2010

¿Tenemos Prejuicios...?


La Psicología Social define los Prejuicios como una actitud compartida por una gran parte de los miembros de un grupo, en su interacción con otro grupo, y se suelen basar en ideas subjetivas o generalizaciones de observaciones aisladas, mucho más que en la experiencia y la información objetivas. Pero conviene hacer algunas aclaraciones previas: Tendemos a pensar que tener prejuicios significa hacer valoraciones negativas previas al conocimiento real de algo o de alguien; es decir, que el prejuicio supone una anticipación de las cosas negativas que nos vamos a encontrar. Y esto no es exactamente así; también se pueden tener prejuicios positivos, si, ante algo o alguien, estamos predispuestos a que nos guste, bien por lo que hemos oído decir al respecto o en función de nuestras ideas previas.

Entonces, ante la pregunta inicial de si tenemos prejuicios, una vez hecha la anterior puntualización, cabría responder que, desde el mismo momento que vivimos, o sea, que tenemos, disfrutamos o sufrimos, determinadas experiencias vitales, es bastante razonable suponer que sí tenemos prejuicios, tanto más cuanto más experiencias individuales y sociales acumulamos.

Si debido a su aprendizaje a lo largo de la vida, usted piensa que todos los políticos son unos egocéntricos, constantemente deseosos de que les adulen y de ser "el alma de la reunión", el día que un amigo le diga que le va a presentar al líder provincial de tal partido, usted ya se hará una imagen mental de cómo es ese individuo, se imaginará cómo va a actuar y las fantasmadas que dirá; e incluso, usted tendrá un prejuicio con respecto a ese político que le condiciona, de entrada, la actitud que debe mantener ante él. Pero, llegado el momento, descubre que se trata de una persona encantadora, que trata de pasar desapercibida y que está muy pendiente de que quienes le rodean se encuentren a gusto. Eso, ya para empezar, le rompe los esquemas y, en medio de esta ruptura, usted tiene que defenderse a sí mismo y, por tanto, a sus planteamientos previos, por lo que, una vez repuesto de la sorpresa, en primer lugar estará ojo avizor a ver si le pilla en el menor desliz que confirme su prejuicio, con lo que, probablemente, usted se muestre un tanto antipático y reservado, lo que hará que, quizá, ese político adopte frente a su persona una actitud también de reserva que usted aprovechará y definirá, en su fuero interno, como característica negativa; y, en segundo lugar, si pasado un cierto tiempo, no encuentra nada que reprocharle, se acogerá al refrán que dice "La excepción confirma la regla", con el único fin de no dar su brazo a torcer, ya que, por el hecho de que un político sea agradable, sincero y cercano, eso no significa que los demás también lo sean. No, señor. Usted tiene que defenderse y hace muy bien; si no nos defendemos a nosotros mismos y a nuestras posiciones ¿quién lo va a hacer? Además, para eso tenemos esos refranes que, tan oportunamente, nos pueden sacar las castañas del fuego.

Pero ¿dónde está el origen de todo esto? Los Psicólogos Sociales, especializados en el estudio del comportamiento humano, influyente en, e influenciado por el círculo social en el que se mueve, concluyen que los prejuicios, al igual que la mayoría de las actitudes que desarrolla una persona, a lo largo de su vida, tienen su punto de arranque o su motor de impulso en la protección de la propia estima. Si alguien descubre en sí mismo un rasgo que le resulta negativo o desfavorable, tenderá a percibir ese mismo rasgo en las personas que le rodean para, de esa forma, primero, sacarlo de sí mismo, ya que al ver la paja en el ojo ajeno, es más fácil dejar de ver la viga en el nuestro y, segundo, si ese rasgo lo tienen todos los demás, es porque se trata de algo normal, y en el momento en que algo es normal, se generaliza, ya no llama la atención y es más fácil de asumir, perdiendo, incluso, su carácter negativo.

Por otro lado, gracias a los prejuicios nos autojustificamos por nuestras acciones; o sea, nos protegemos de autorrecriminarnos una determinada actitud o conducta, con lo que, nuevamente, nuestra autoestima queda a salvo. Por ejemplo, si llegamos a convencernos de que un determinado grupo social es estúpido, es inmoral o es escoria, el hecho de que hagamos daño a un miembro de ese grupo, no nos acongoja, ni nos llena de remordimientos, sencillamente porque se lo merece. Entonces, no sólo nos conviene tener ese tipo de prejuicios, sino que es necesario mantenerlos porque de esa forma podremos seguir justificando posteriores conductas de marginación o de castigo con respecto a ese grupo.

En otro orden de cosas, y aparte de la autojustificación y de la necesidad de salvaguardar nuestra propia estima, está también la necesidad de poder, la necesidad de vernos superiores a otros, Cuando alguien se encuentra en una posición socio- económica baja, necesita la presencia de otro grupo a quien pisotear para sentirse superior a alguien; de hecho, diferentes estudios han demostrado que los prejuicios (sobre todo, los negativos) aumentan a medida que el estatus social de una persona es más bajo; lo que no quiere decir que alguien de un estatus socioeconómico alto no tenga prejuicios; todo lo contrario; aunque, en este supuesto los prejuicios serían necesarios para mantenerse en esa posición a modo de código moral, que le evite descender hacia estamentos inferiores.



Ana I. Rico Prieto.