9/29/2009

"Si voy a 120, me duermo"

He leído la frase en infinidad de ocasiones y siempre me llama la atención. Es un clásico del debate sobre los límites de velocidad. “Si voy a 120, me duermo” es el eslogan perfecto para quienes reclaman que se les deje circular más rápido por la autopista. Y cada vez que lo leo pienso en un conductor que, con pijama, gorrito y palmatoria, se mete en el coche con el ánimo de echar una cabezadita. Cosas de mi imaginación.

Al parecer, la justificación de esta afirmación premonitoria y con un puntito de amenaza social tiene algo que ver con la Biología: “Si en vez de a 120 voy a 150 o 160 mi cuerpo segrega adrenalina y así me mantengo más atento a mi alrededor. Si me hacen ir a 120, me aburro y me despisto más, y además corro el riesgo de dormirme al volante, con lo que soy un riesgo para la seguridad vial”, leo con fruición mientras pongo a trabajar toda mi empatía con ganas de comprender esta línea de pensamiento.




Pienso en la justificación de la adrenalina y reflexiono un instante. Sé que la adrenalina es una neurohormona que segregamos al ponernos en situación de estrés biológico, como el animal que acecha a su presa antes de saltar sobre ella. La adrenalina hace que aumente nuestra respiración y con ella la oxigenación de nuestra sangre, hace crecer también nuestra concentración de glucosa en sangre para que el cuerpo nos responda con inmediatez en cuanto se lo pidamos; aumenta nuestro ritmo cardiaco y nuestra tensión arterial para impulsar con mayor eficacia esa sangre enriquecida por todo nuestro organismo y nos dilata las pupilas para permitir una mayor entrada de luz a través de nuestros nervios ópticos y que así visualizacemos mejor nuestro entorno.

La adrenalina, en definitiva, es la cerilla sostenida junto a la mecha de un barreno de excavaciones y derribos. Una vez la ponemos en marcha, desencadenamos toda una serie de reacciones químicas que tienen como propósito que el organismo dé una respuesta excepcional, siempre más exigente de lo que sería una respuesta normal.

Resumen: Segregamos adrenalina cuando existen requerimientos psicofísicos más acentuados de lo normal ante una situación de peligro y esta neurohormona hace que podamos cumplir a la perfección aun cuando estamos operando por encima de nuestros límites habituales.



Sin embargo, a toda esta operativa tenemos que contraponerle cuatro “peros”.

Uno. Cuando le exigimos un esfuerzo a nuestro organismo, consumimos recursos. Nuestro cuerpo no hace nada gratis. Si la demanda de trabajo que le hacemos es excepcional, nuestro consumo de energías también lo será. Y como el organismo necesita reponerse, nos dará una llamada de atención en forma de cansancio. Si desoímos esa llamada, el cerebro desconectará el botón principal de nuestro organismo para preservarlo de sobrecargas. En otras palabras, caeremos dormidos, de forma similar (salvando las distancias) a lo que les ocurre a quienes se meten una raya de cocaína y tras la euforia les sobreviene el bajón. Efecto rebote.

Dos. Lo excepcional no puede transformarse en lo habitual. Bueno, o sí que puede, pero entonces quemaremos muchos más recursos (de lo habitual), con lo que nos cansaremos mucho más (de lo habitual). Y además, dejaremos de tener esa reserva extra para cuando realmente la necesitemos. Aunque haya conductores que sostienen que la adrenalina los mantiene activos y despiertos, nuestro cuerpo tolera estos abusos hasta cierto punto. Pasado este límite, el efecto que se obtiene es el contrario al que se pretende. Y, de hecho, un exceso de adrenalina puede ser muy perjudicial para alguien que (aun sin saberlo) tenga problemas vasculares que no se le hayan manifestado todavía, de forma que podría llegar a sufrir una angina de pecho, un infarto o un ictus. Adrenalina, la justa para cuando la necesitamos. Pasado el límite, se nos puede volver en contra. ¿Y dónde está ese límite cuando estamos al volante? Es cuestión de cargar una bala en el tambor del revólver y voltearlo antes de disparar, a ver qué pasa. Ruleta rusa.

Tres. Nuestro organismo tiene una capacidad asombrosa para autorregularse y volver al estado basal. Siendo así las cosas, ¿quién nos garantiza que circulando durante un tiempo a 150Km/h no nos dormiremos o nos aburriremos de nuevo? ¿Qué deberíamos hacer entonces? ¿Acelerar hasta 170Km/h? ¿Y al cabo de unos días subiríamos hasta 200Km/h? Es la espiral del nivel basal. Y si un conductor se estanca porque siente que a cierta velocidad ya no controla su vehículo… seguramente es que esa velocidad resulta excesiva no ya para las condiciones del tráfico y de la vía, sino directamente para él como conductor. Riesgo absurdo.

Y cuatro. La adrenalina, esa hormona que nos activa, puede estimular al cerebro para que produzca dopamina. Y la dopamina es esa hormona que se encarga de la sensación del bienestar y que puede crear adicción. Dicho de otra forma, segregamos adrenalina para que nuestro cuerpo trabaje más de la cuenta, nos cansamos y además, como nos lo pasamos bien, tendemos a repetir, con lo que segregamos más adrenalina, nos cansamos más, nos lo pasamos bien y tendemos a repetir. Y volvemos a segregar adrenalina… Círculo vicioso que se rompe cuando la ruleta rusa se detiene ante la bala.




A mayor velocidad, mayor exigencia

Quizá cada conductor tiene su propia velocidad de confort, una velocidad de marcha a la que se siente cómodo y seguro. Pero esa velocidad de confort no tiene nada que ver con el hecho de ir demandando sobreesfuerzos a su organismo, más bien al contrario. Para que un conductor lleve su vehículo a una velocidad cómoda, su nivel de atención no puede ser excepcionalmente alto ni excepcionalmente bajo, sino que debe conducir con un nivel de atención medio.

De hecho, las innovaciones tecnólogicas en los vehículos (que han evolucionado de forma espectacular en los últimos años) y la continua mejora de nuestras carreteras (cuyo estado, por mucho que nos quejemos, ha progresado mucho desde los tiempos de nuestros abuelos) a veces nos llevan a creer que circular por encima de los límites legales no tiene consecuencias para nuestra seguridad. Y ahí caemos en el exceso de confianza, contrarrestando con nuestra actitud la evolución histórica experimentada por la seguridad activa y pasiva de nuestros vehículos y vías e ignorando (a veces de forma deliberada) los límites que nos impone la Física.

¿Qué ocurre si incrementamos la velocidad de 120Km/h a 150Km/h, por ejemplo? En primer lugar, la energía cinética que acumula un vehículo cuando se mueve aumenta de forma brutal. Dice la Física que Ec=1/2mv2, por lo que un vehículo que varíe su velocidad de 120Km/h a 150Km/h verá incrementada esa energía cinética en un 56,30%.

En otras palabras, necesitaremos emplear un 56% más de elementos de frenado, suspensión y neumáticos para conseguir una desaceleración similar que la que tendríamos a 120Km/h. Y si no es posible detener el vehículo en condiciones de seguridad, entonces los daños sufridos pueden ser un 56% mayores al aumentar la velocidad en estos términos.

Por otra parte, aumentar la velocidad también hace aumentar la distancia de reacción y la distancia de frenado. A 120 Km/h recorremos 33 metros en un segundo. Si reaccionamos en la mitad de ese tiempo, nuestro vehículo viajará durante 17 metros sin control. Al aumentar la velocidad a 150Km/h, ese recorrido será de 21 metros. Y luego el vehículo tendrá que detenerse, para lo que empleará ese 56% más de espacio que lo que necesitaría para detenerse viajando a 120Km/h. Simulador en mano, a 120Km/h obtengo una distancia de frenado de 84 metros, que se incrementa hasta 132 metros cuando aumento la velocidad a 150Km/h.

Al final, si voy a 120Km/h recorro 100 metros entre que veo un problema y consigo detener el vehículo. Y si voy a 150Km/h, esa distancia que recorro pasa de 150 metros. Por tanto, si aumento la velocidad de 120Km/h a 150Km/h, mi distancia de seguridad con el vehículo de delante tendría que incrementarse en al menos 50 metros, algo difícil de conseguir si circulo muy por encima de la velocidad del resto de vehículos.

Y ahora viene lo más feo del asunto. Por muy cargado de adrenalina que circule, la diferencia que voy a conseguir en tiempo de reacción y en tiempo de frenado no va a ser significativa comparado con la diferencia entre distancias de reacción y de frenado que encontraré al aumentar la velocidad. En otras palabras, conducir hiperactivado no me va a ayudar a evitar una colisión, más bien al contrario. Y eso será así, sobre todo, si he abusado de mis límites y el cuerpo está a punto de pasarme factura.

Me pregunto: ¿Qué ocurrirá si falla algo? ¿Y si encuentro un imprevisto en el camino?

No se trata de demonizar causas, pero si yo pensara que por mantenerme a un nivel de velocidad legal me duermo realmente, quizá sería por un problema de salud que me incapacitaría para el manejo de vehículos. En un caso como este, una visita al médico seguramente me sacaría de dudas. Y si se trata de defender el incumplimiento de los límites de velocidad, entonces basta con tener en cuenta cómo opera la adrenalina sobre nuestro organismo, en qué medida el vehículo se ve afectado por el aumento de la velocidad y qué consecuencias puede tener todo esto para nuestra conducción y para la seguridad propia y la de los demás.

Asesoramiento médico | Dr. Josep Serra