8/24/2009

La enfermera.



Rafael Martínez Sierra. Catedrático Emérito de Medicina de la Universidad de Córdoba.

Rafael Martínez Sierra es premio de la Real Academia Nacional de Medicina.

Antes las enfermeras eran monjas que llevaban unas alas blancas en la cabeza e iban con tanto sigilo que parecía que más que andar, volaban. Ahora las enfermeras perdieron las alas y sin ellas aprendieron a deslizarse por los pasillos interminables de las noches inacabables para acudir al timbrazo del paciente al que le apretó el ahogo, que necesitó la cuña, aquél al que le arreció la angustia de la vida que se le escapa.
No duermen las enfermeras a ninguna hora ni descansan; están al pie de la cama para lo que se le ofrezca a cualquier paciente que las llame; para secarle las lágrimas al alba.
Nunca me ha gustado que las enfermeras digan que al hospital van a trabajar. Vosotras, más aún que los médicos, vais no sólo a seguir un protocolo, sino también a dar sosiego y paz para las almas.
Fui profesor de la escuela de enfermeras de San Francisco de Asís en Madrid, cuando era profesor adjunto en la Complutense. Di clases a las enfermeras de Las Palmas cuando dirigía a la sazón la naciente Facultad de Medicina y, al llegar a Córdoba y ser elegido decano de Medicina, fui profesor y director de la Escuela de ATS.

Pronto observé que el más grave déficit que tenían las escuelas de Enfermería era su profesorado. Todos éramos profesores de Medicina y, como si fueran las enfermeras replicantes de nuestros estudiantes, las atragantábamos con los mismos temas que dábamos a los alumnos de Medicina. Los estudios de Enfermería no son para formar médicos a medias. Y encabecé un movimiento en la Complutense -que fracasó- para hacerlos una licenciatura.
Al rector Losada le expuse que la escuela de ATS necesitaba profesorado específico y que dimitía como profesor y director, pues me negaba a seguir siendo encubridor de ese fraude. Fuimos al Ministerio y ante el director general no me fue difícil el discurso. Lo conseguimos. Entregué mis trastos y se procedió a declarar independiente de Medicina a la Escuela Universitaria de Enfermería (DUE). Ahora, al cabo de tantos años, el Plan Bolonia tomó el testigo y la enfermería, por fin, será una licenciatura universitaria (grado) de cuatro años.

Desgraciadamente, las funciones de todos los profesionales saltan a la opinión pública cuando ocurre un accidente y como buitres sobre la carroña se ensañan frívolamente con el supuesto culpable. No entiendo el alarde mediático que se ha dado a la muerte de Rayán. Y menos aún que todos se hayan apresurado a lavarse las manos respecto a la enfermera a la que el primer día que está en un servicio de tan extrema dificultad la dejan sola. ¿Habría ocurrido el error si la más avezada hubiera estado presente?
A mi hija, con cuatro años, le picó en la lengua una avispa. A toda velocidad, por aquella estrecha y sinuosa carretera de alta montaña, bordeada por abismos, fuimos a Comares, el pueblito más cercano. Mi hija con el edema de glotis estaba cianótica y no podía respirar. El médico no estaba pero sí una estudiante en prácticas. Mientras hurgaba en el botiquín le dije: «O le inyectamos o se nos muere». «Voy a por el fonendo», me contestó. Aún no ha vuelto. Yo salvé la vida a Patricia pero ¿y si yo no hubiera sido médico? ¿Habría sido esa niña -en prácticas- la responsable de su muerte? Las enfermeras no sólo cumplen diariamente, y muchas veces con sobrecarga asistencial, misiones en las que cualquier error puede provocar accidentes mortales; es que además en muchas ocasiones se les asignan responsabilidades que no les competen.

En los servicios de urgencia donde hacen guardias médicos residentes de primer año, es la enfermera de turno quien los saca del aprieto. No quiero criticar el sistema, hoy sólo quiero hablar de esa enfermera que ahora es la persona más sola del mundo. Y es a ella a la que le quiero decir que no es culpable de lo sucedido. Ella es responsable de tantos pacientes a los que cada día y cada noche salva la vida por no cometer errores y a los que, mojándoles los labios, ayuda en la agonía.
No olvido la complicidad necesaria que tienen con los enfermos. El alivio que ofrecen dándoles la mano, para que aprieten, cuando el médico hace una extracción de médula. Los quites que les dan a los propios médicos en circunstancias delicadas y tampoco olvido -lo que nadie sabe- que en muchísimos casos las enfermeras son despreciadas por macarras que les infringen ominosos escarnios.
Lo que peor llevo -me decía Lola- es cuando nada más entrar en la habitación ciertos pacientes empiezan a decir palabras soeces y masturbarse (y no hablo del psiquiátrico). Las enfermeras no tienen olfato, ni oídos, ni el más mínimo rictus de asco cuando las humanas miserias o falta de educación se desbocan. Éstas no son aquellas cursilonas “chicas de la Cruz Roja” de Rafael J. Salvia.
La novena promoción de la escuela de ATS de Córdoba me hizo un emocionado homenaje nombrándome padrino. Hoy yo devuelvo el gesto haciendo una declaración pública de admiración, respeto, agradecimiento y devoción hacia ellas y ellos, en la persona de la enfermera que aplicó el remedio necesario para que Rayán viviera. Ofrenda justa, y no la demagógica de fletar un avión para transportarlo, cuando a diario mueren tantos compatriotas suyos en el Estrecho y no se preocupa de evitarlo ni de identificarlos.
Como tierra de promisión para adecuar los planes de estudios a las profesiones de esta sociedad de desarrollo y superespecialización, España, con toda su fanfarria, se ha acogido al Espacio Europeo de Educación Superior. No hay duda de que tal instrumento ofrece posibilidades inmensas. ¿Pero de qué servirán si los que tienen el poder y la responsabilidad para llevarlo a cabo no están formados para integrarse en él?

El ostentoso vicio nacional de poner primeras piedras que jamás verán las últimas ha reverdecido. ¿Para qué crear, por ejemplo, el cuerpo de profesores eméritos si luego -al menos en Medicina- no se les deja lugar para desarrollar su labor? Pues igual me temo que el Plan Bolonia se haya convertido para algunos rectores en 'el plan a la boloñesa, mucha política y suculenta mesa'.
Y no se escondan, que, para que hechos tan dramáticos como el de Rayán sucedan, es tal el cúmulo de circunstancias que tienen que concurrir, que son muchas las poltronas (con la panza llena) que rodarían si empezáramos a tirar de la cuerda.

Diario Vasco, 24 de agosto de 2009
http://www.diariovasco.com/20090824/opinion/articulos-opinion/enfermera-20090824.html

Un magnífico artículo sobre nuestra profesión. Gracias Rafael.
Manuel Solórzano
masolorzano@telefonica.net

3 comentarios:

pipupa dijo...

Gracias Rafael por saber ver y saber explicar lo que somos las enfermeras. Me ha resultado emocionantísimo. Oda viva a la caida de los que se han agarrado a las poltronas y no se sueltan.

Serena van der Woodsen dijo...

Muy acertado en todo :)

kickcfree es... dijo...

Rafael, nos entiende, y en su día y hoy nos ayuda...espero que existan muchos +++ médicos como él...yo alguno conozco...pero pocos son.